Un 16 de marzo no cualquiera

Hace unos minutos salí al balcón que da al jardín interior de la casa. Está lloviendo.

Por unos instantes –aunque ha habido cientos de días lluviosos desde que llegué a vivir aquí– por unos instantes, sentí lo mismo que sentí aquella tarde en la oficina del tercer piso de aquella casa en aquella ciudad, unos días antes de partir.

La misma lluvia, la misma sensación.

Y se instaló un momento de paz en mi interior, como en aquella ocasión. Una certeza de que todo está donde tiene que estar y de que yo estoy caminando mi camino sagrado.

Y me sentí en casa. Entendí que estoy en casa dondequiera que yo esté. Conectada y presente.

Un anillo. Un ciclo. Un día de lluvia allá y se abría el ciclo. Un día de lluvia acá y se cerraba.

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